viernes, 8 de julio de 2011

Punto parrilla (parte 4)

Este breve trance asesino y sangriento, me aleja aún mas de las ensaladas que puedo apreciar acomodadas en la mesa de mantel de algodón cuadrillé rojo y blanco.
La comida es mi droga principal, mas específicamente, las proteínas que provienen de la carne. En varias oportunidades que dejé de comerla por tres o cuatro días, experimenté una especie de abstinencia que me toma de sorpresa generalmente en espacios públicos. Comienzo a sentir levemente un temblor interno, un temblor de vísceras, acompañado de micro sudor frío y pitido de oídos. El temblor se exterioriza en manos y boca, la expresión de mi cara se endurece. Mi sangre limpia de carne es venenosa, por eso procuro tener una extensa agenda de teléfonos de delibery de parrilla o hamburguesas en mi celular, ya que podría sufrir desmayos por intoxicación.
Dispongo en la mesada, una gran tabla de madera de haya, elijo haya porque en ocasiones toma un tinte rosado que da muy bien con el color de la carne. En fila, los panes ya semi cortados en toda su longitud reciben maternalmente a los chorizos en su punto justo. El pan francés y los miñones protegiendo a la chorizada, arriba de mi tabla formar el hexagrama “La familia/El clan”.
Comienzo a celebrar la santa misa, la carne y la sangre a comerse, a beberse.
Ellas no sospechan que una sorpresa llegará a la mesa.
No determino a quién servir primero pero me da por seguir el patrón de mayor a menor edad, sino es el caso de algún agasajo en particular.
Los sentimientos que me transmiten estas damas cuando las sorprendo, son de variado estilo: admiración, agradecimiento, gula. Mas de una vez quedaron extasiadas balbuceando.

En mi tabla de haya paseo los manjares como yendo de la cama al living, chef supremo, grill master, reina de reinas, ellas que me rodean y yo.

Continuará…